miércoles, 3 de diciembre de 2008

LABOA


Cuando hace un par de meses se nos fué Joaquín, el tío de una, pensó lo mismo. Se nos va una generación que nació en torno a la guerra incivil, en los prolegómenos republicanos o entre las batallas de la contienda. Y se nos va sin molestar y sin hacer ruido, apretándose los dientes, como aprendieron a hacerlo en su infancia, en aquella postguerra interminable de hambre insaciable.

Una ha visto hoy la nieve que cubría las cumbres del Ernio y del Uzturre y ha pensado en aquel frío que pasó esta gente sencilla y humilde, pero cuya dignidad y sabiduría deberían ser ejemplo para la nuestra y las generaciones futuras.

Mikel, de vez en cuando, solía aparecer a la hora de comer por el Manex. Y únicamente le acompañaba su sencilla elegancia. Y a una le sorprendía el aire de modernidad que le rodeaba enigmáticamente.

Y estas gentes, que a pesar de lo que sufrieron han sido tan felices, nos siguen dando más de una lección. Mikel, como Joaquín y tanta gente, también supo mirarse dentro, pero también ver mucho más allá. Y sustituir a tiempo y con respeto, por supuesto, la txapela de siempre por una Kangol. Ese era todo el misterio.

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